Para el caso de Estados Unidos, el Pew Research Center estimó que mientras a principios de los setenta un 61% de los adultos pertenecía a la clase media, en 2015 el porcentaje apenas llega al 50%. Si bien este cambio favoreció a aquellos que ascendieron en  en la escala de ingresos, una porción similar del declive de la clase media se dio por un ensanchamiento de los estratos bajos y medios bajos, el cual a su vez fue particularmente fuerte en las franjas de edad media (entre 30 y 64 años),  con nivel educativo bajo, y-con mucha variabilidad- en el centro y en el oeste del país.

El declive vino acompañado con una mayor desigualdad en la distribución del ingreso. A principios de los setenta, el ingreso promedio del 10% más rico era unas cuatro o cinco veces el del 90% restante; hoy llega a las diez veces. El ratio que observamos hoy representa el mínimo valor desde la década del 1920, lo cual quiere decir que prácticamente ningún norteamericano tiene memoria de haber vivido un nivel de desigualdad así de alto.

Es la resistencia de la clase media norteamericana a perder ingresos y status uno de los factores detrás del movimiento antiglobalización y antielite que sustenta al nuevo presidente de los Estados Unidos (y que en este punto particular lo emparenta a Bernie Sanders). La pregunta que surge es: ¿está Trump en condiciones de revivir a esa golpeada clase media?

En materia de comercio internacional lo que emerge es que las clases medias y medias bajas se verán más bien perjudicadas (como por ejemplo el encarecimiento de los bienes de consumo por los aranceles a las importaciones de China). Otras políticas, como el salario mínimo o la reforma del sistema previsional, están todavía en trazos muy gruesos como para ser evaluadas seriamente. Lo mismo con la política migratoria: es imposible determinar cuánto de lo que se dijo se traducirá en acciones concretas. Más adelante será posible analizar cada una de estas promesas. Por ahora, solo se puede pensar si existe alguna combinación de políticas que pueda revertir la tendencia que se observa desde los 1970s.

La implementación de masivas políticas fiscales es un camino posible, habida cuenta de que el gobierno norteamericano es casi el único oferente de activos seguros a nivel global. Como esos activos son muy demandados (de manera creciente por Asia Emergente), ello le da espacio para incrementar aún más la deuda pública o incluso financiar el gasto con emisión monetaria sin que se dañe la economía. Siempre que no vayamos a un escenario extremo donde Estados Unidos pierde este “exorbitante privilegio”, sería posible recrear al menos en parte el Estado de Bienestar de antaño. Una política de ingreso universal, por ejemplo, podría servir.

Sobre el proteccionismo como dispositivo para mantener los privilegios de la clase media, la aplicación es más compleja y sus resultados más inciertos. En un mundo más conectado que nunca, el movimiento hacia la autarquía puede ser muy costoso, o directamente imposible. Hay que recordar que los países ya no intercambian bienes terminados, sino tareas dentro de un mismo proceso productivo; por eso domina el comercio intra-firma y de bienes intermedios. Romper la nueva división del trabajo en este contexto es como dispararse un tiro en el pie.

Por último, está el tema de la automatización y las TICs. Allí las posibilidades de reversión son prácticamente nulas: el crecimiento seguirá sesgándose hacia los trabajos cognitivos y no rutinarios –generalmente de alta calificación- mientras que en el resto de los segmentos del mercado de trabajo persistirán las fuerzas deflacionarias.

En suma, si bien es pronto para hacer un análisis, el panorama que surge es complejo para la clase media. Políticas fiscales expansivas pueden ayudar; “matar” a la globalización (como ocurriera post-Gran Depresión) puede traer beneficios pero también costos; revertir la deflación de ingresos por la automatización es imposible. Veremos qué sucede. Lo que sabemos es que la clase media norteamericana no se extinguirá sin luchar.