Durante el verano la dieta habitual que se sigue durante el año tiende a modificarse por diversos factores: por un lado, el aumento de los encuentros sociales y las comidas fuera de casa. Por otro, las altas temperaturas inciden también en el apetito y suelen generar mayor intolerancia a determinados tipos de alimentos que se consumen calientes o ricos en calorías por considerarlos "pesados".

Pero el cambio más significativo se produce cuando uno va de vacaciones. A los factores ya mencionados hay que sumar una modificación absoluta de la dieta habitual (incluso a la que se tiene en el resto de la estación), ya que no solamente uno no suele cocinar y come afuera o bien compra comida hecha; sino que además, dependiendo del lugar elegido para el período de descanso, la alimentación típica del destino puede ser muy distinta a lo que se está acostumbrado.

Todos tenemos hábitos alimenticios. Buenos o malos, pero todos los tenemos. No nos damos cuenta al adquirirlos, lo hacemos casi inconscientemente, pero nuestra forma de relacionarnos con la comida se va consolidando en hábito en función de nuestras preferencias y costumbres. En esas decisiones que uno toma de manera automática, ha marginado de la dieta a los alimentos que le producen determinado nivel de rechazo o intolerancia. Y cuando nuestros hábitos alimenticios se ven modificados abruptamente por algún factor exógeno como el irse de vacaciones, puede acarrear malestares a nuestro sistema digestivo.

Consejos simples que todos podemos seguir para preservar la armonía de nuestro sistema digestivo en esta época del año:

- Beba abundante líquido.

- Procure evitar una modificación rotunda de los hábitos alimenticios que mantiene durante el resto de esta estación. Permítase incorporar alimentos nuevos, e incluso no dietéticos pero en porciones pequeñas, pero trate de que su alimentación no sea totalmente diferente durante el período de descanso.

- Respete las cuatro comidas. A veces, por practicidad o costo, en vacaciones solemos saltearnos algunas comidas, algo que incide más negativamente de lo que se cree. Además esto aumenta el riesgo de sufrir mareos o bajones de presión por las altas temperaturas. Y mejor aún si logra mechar colaciones para mantener la energía (que en vacaciones se consume más rápidamente) y así también evita comer abundantemente en las comidas principales que suelen ser las más pesadas.

- Evite excesos en la ingesta de fritos, bebidas alcohólicas, budines, facturas, galletas dulces, frutos secos, gaseosas, café y tabaco; ya que incrementan la formación de radicales libres y aldehídos, que son tóxicos para las células de nuestro organismo.

- Incorpore alimentos ricos en vitaminas E (leche, yema, aceites de pescado, aceites vegetales de maíz, semillas de girasol, espinaca, brócoli, cereales y margarinas), C (cítricos, fresas, kiwi, pimientos, coles, rábano, batata, perejil, hígado y riñón) y A (zanahoria, tomate, frutillas, carne y leche), ya que tienen efectos antioxidantes y antiinflamatorios. También son fuentes de antioxidantes las nueces, canela, orégano, chocolate negro y té.

- Organice sus comidas: tenga a bien disponer de viandas adecuadamente conservadas con los alimentos sugeridos, para evitar reemplazarlos por la limitada oferta de comidas hipercalóricas que se suelen vender en los centros de veraneo.

En caso de no poder cumplir estos requisitos o recomendaciones, se puede consumir algún protector hepático antioxidante por vía oral, como el Ácido Tióctico en dosis de 50 mg, antes de las comidas principales.

Recuerde que las vacaciones son un período para descansar, reponerse del desgaste del año que pasó y recobrar energía para el que comienza. Cuidarse en las comidas garantiza no convertirlas en un trastorno y disfrutarlas a pleno.

 

(*) Son consejos del médico clínico Clemente Federico Martínez.