Es cierto que la situación que atraviesa hoy la Argentina en términos económicos dista muchísimo de cualquier comparación con el 2001, a pesar de las reminiscencias que trae el retorno del país al Fondo Monetario Internacional. Por marcar sólo algunas de las diferencias más notorias que se observan hoy respecto de aquélla época, es importante señalar que en la actualidad el sistema financiero en la Argentina está mucho más sólido, con más liquidez y mejor capacidad de respuesta para sortear una hipótesis de crisis, y el endeudamiento argentino se encuentra en una tercera parte de lo que era en aquel entonces. Sin embargo, la coyuntura no deja de ser preocupante por dos motivos; en un escenario, en el seno de las huestes oficiales reconocen en off que el propio presidente había descartado recurrir al FMI en anteriores oportunidades, hace tan sólo unos pocos meses atrás, aduciendo que sería el último recurso, ante una circunstancia inevitable que lo empuje al pedido de salvataje financiero. En ese contexto puede entenderse que la previsión de una crisis financiera se haya precipitado en el tiempo no sólo por los malos cálculos de quienes conducen los destinos económicos del país sino también por impericias técnicas del modelo impulsado por el Gobierno, que lo llevó a tener que pedir asistencia con carácter de urgencia por la corrida cambiaria y la falta de dólares. En otro escenario, el que plantean desde la Casa Rosada, intenta imponerse el argumento de que el pedido al Fondo no pasa por una situación de crisis sino por un mecanismo de resguardo preventivo ante la volatilidad de la economía Argentina, que debe llevar tranquilidad y estabilidad a los mercados.

En cualquiera de los dos casos, hay un común denominador y es que buena parte de la sociedad no está tranquila con esta situación, más allá de creer en un argumento o en otro. Principalmente porque la gente del común no entiende ni tiene interés por las cuestiones técnicas de la economía y tampoco de la política. En gran parte por la falta de credibilidad. Analiza lo que pasa en torno a su calidad de vida y la de quienes están a su alrededor. Y también en base a la historia, que en Argentina se repite una y otra vez de manera cíclica. Por eso le costará mucho a la maquinaria de comunicación del Gobierno revertir esta tendencia, que está reflejando hoy a través de diversas encuestas y de la percepción en la calle la baja en la imagen del presidente y la desilusión de muchos que lo votaron. Si se traduce en términos electorales, cualquiera pensaría que ese universo está, como mínimo, repensando su voto y que puede llegar a fugarse. Sin embargo, la ausencia de un candidato competitivo en la oposición, hasta hoy, tranquiliza a Cambiemos a sabiendas de que nadie lo está capitalizando. El dilema se plantea a futuro. ¿Podrá el peronismo lograr un candidato de consenso que aglutine las distintas vertientes del PJ y el kirchnerismo, en una oferta electoral que seduzca no sólo a los detractores de Macri sino también a los críticos de Cristina? Asimismo, y en simultáneo, ¿Podrá el Gobierno corregir las asimetrías de la economía sin costos electorales altos luego de recurrir al FMI y a sus condicionamientos políticos? Si no lo logra, ¿Será lo suficientemente pragmático como para descartar a tiempo la idea de la reelección de Macri y anticipar el proyecto de María Eugenia Vidal como candidata presidencial?

Con más preguntas que respuestas, el oficialismo y la oposición se encaminan hacia una disputa que tiene como objetivo, para uno, retener el poder, y para otro, recuperarlo. En el medio, como siempre, está la gente del común, con esperanzas siempre frustradas, con expectativas cada vez menores y con la triste síntesis de la historia que nos describe como adolescentes crónicos, capaces de tropezar de manera recurrente con la misma piedra.