En enero del 2016, a poco de asumir como presidente de la Nación, Mauricio Macri hacía su primera gira internacional en busca de inversiones en el marco del Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza. Lo acompañaba el líder del Frente Renovador, Sergio Massa, como gesto de las buenas relaciones internas que intentaba impulsar en el comienzo de su Gobierno, algo que procuró llevar hasta la esfera internacional, atento a la preocupación que había en el mundo acerca de la creciente grieta en la Argentina luego de más de una década de kirchnerismo, con todos los resabios combativos que aún quedaban, y en algunos casos todavía quedan. Allí Macri destacó al ex intendente de Tigre como una de las principales espadas de la oposición, impulsándolo como futuro conductor del PJ en la carrera hacia el 2019. Lo cierto es que, como la temporada estival lo indicaba según el calendario, no fue más que un veranito. Una luna de miel que duró poco. Tiempo después, el jefe de Estado declaró públicamente que Massa tenía una mirada corta, buscando “ventajita” de cada circunstancia coyuntural. Allí se dio no sólo el distanciamiento entre las partes sino que se abandonó toda búsqueda de consensos y diálogo genuino no sólo con la oposición sino también en el frente interno de la coalición de Gobierno, integrada, además del PRO, por los radicales y la coalición cívica. La metamorfosis de Cambiemos tendió a pasar de la apertura inicial con vocación de integrar a otras fuerzas al abroquelamiento del “purismo” PRO una vez consolidado en el poder, sobre todo tras ser revalidado en las urnas en las elecciones de medio término en 2017.

La principal aliada del Gobierno dentro de la coalición, Elisa Carrió, dirige desde adentro los reclamos al oficialismo, buscando así, por un lado, darle gobernabilidad a Cambiemos, y por otro lado mostrar la pluralidad del espacio, que aparenta permitir las disidencias sin necesidad de ruptura. Esa estrategia, muchas veces pergeñada de manera conjunta, tiene un límite sumamente peligroso para el Gobierno, y es el ético/moral. Hasta aquí, en ese sentido, los integrantes del gabinete nacional han dejado más dudas que certezas respecto a los conflictos de intereses entre su desempeño como empresarios antes de llegar a la función pública, y el desprendimiento de sus actividades privadas tras llegar a ser funcionarios. En el horizonte, más temprano que tarde, es un tema que seguramente desatará una crisis interna -con los aliados- si es que el presidente no toma cartas en el asunto antes de las elecciones del año próximo. En la línea interna también había quedado relegado Emilio Monzó y sus aspiraciones de armado peronista en la Provincia de Buenos Aires, tras el contundente triunfo del oficialismo en el 2017 que hacía prevalecer la teoría del “purismo PRO”, revindicando el argumento de no necesitar el puente con el PJ ni para gobernar ni para ganar elecciones. Hoy, ante una situación política, económica y social difícil, el Gobierno advirtió su error de aislamiento con los del riñón y decidió incorporar al ex intendente de Carlos Tejedor a la mesa chica en la que también se agregó el peronista y Ministro del Interior Rogelio Frigerio, sumados ahora al staff habitual en el que se encuentran el presidente Macri, el jefe de Gabinete Marcos Peña, la Gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, y el jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta. Satelitalmente suelen estar cerca también los coordinadores del Gabinete Mario Quintana y Gustavo Lopetegui. También se sumaron los radicales Ernesto Sanz, el Gobernador de Mendoza Alfredo Cornejo y su par de Jujuy Gerardo Morales, así como también el Secretario de Fortalecimiento Institucional de la Jefatura de Gabinete de Ministros Fernando Sánchez, quien responde a "Lilita".Así las cosas, todo parece mutar nuevamente hacia la metamorfosis del comienzo de la gestión, donde la ampliación del espectro “PRO” prometía consolidarse como un modelo espejo del “pacto de la Moncloa”.

Finalmente, cuánto ceda la mesa chica del poder a los reclamos de los “no propios” dependerá de la negociación por los cargos y el lugar en las listas de cara a los próximos comicios. Sin embargo, en términos de transparencia, por los dilemas éticos del Gobierno, todavía no parece ser más que una disputa interna con los aliados, algo que hoy no se traduce en un fuerte reclamo de su electorado.