Sólo entre 2003 y 2008 hubo superávit fiscal, durante la gestión de Néstor Kirchner y apenas empezado el Gobierno de Cristina. Contabilizando los últimos 117 años de historia Argentina, ése fue el único período donde ingresó más plata de la que se gastó en la Argentina. Asimismo, sólo hubo equilibrio en apenas tres breves lapsos de la historia que no alcanzaron a sostenerse más de un año. En resumen, todos los gobiernos gastaron más de lo que recaudaron.

Hoy, más de un siglo después, los argentinos siguen afrontando el costo de la irresponsabilidad con que cada gobierno que llegó al poder administró los recursos de todos.

Como habitualmente pasó, se trató de excesos en el gasto público que no tuvieron por objetivo financiar el desarrollo de la Nación sino que, por el contrario, los diversos gobiernos, de distinto signo político, financiaron sus propias campañas políticas, nacionalizaron deudas, justificaron gastos por guerras, golpes de Estado, crearon millones de puestos de trabajo en la función pública -muchos de los cuales no eran necesarios-, sostuvieron empresas deficitarias e incrementaron sus bienes personales a costas de una corrupción en muchos casos excéntrica.  

Indefectiblemente, el déficit fiscal es uno de los mayores problemas que tiene la economía argentina, algo que hace eco en el sistema político y repercute, también, en el bolsillo de la gente y en su propia calidad de vida. Pasamos permanentemente y de manera pendular de gobiernos que se endeudan para sostener el gasto corriente y hacer “algo” de infraestructura macro a otros que impulsan el desendeudamiento pero sin generar las condiciones de contexto que los lleven a mejorar la recaudación.

En el primer trimestre del año ya se acumula un rojo primario de $30.000 millones, y para todo 2018 se proyectan más de $400.000 millones, sin computar el pago de intereses de la deuda.

La historia parece repetirse una y otra vez. Siempre con la misma fórmula: usar recursos públicos con fines políticos, y dejarle un problema mayor al gobierno entrante, además de sumir a millones de argentinos en la pobreza.

Los años más dramáticos en materia fiscal fueron en la dictadura militar (1976-1983). En ocho años el país gastó el equivalente a 60% del PBI, presuntamente amparados en conflictos bélicos como Malvinas, la pelea con Chile por el canal de Beagle, hasta el propio Mundial de Fútbol del 78´. Sin embargo, el retorno a la democracia tampoco pudo revertir el déficit: en seis años llegó al 37% del PBI.

Por su parte, los mejores años en términos fiscales ocurrieron entre 2003 y 2008, con el gobierno kirchnerista y el boom de los precios de los commodities agrícolas a valores récord. Pudo ser, según muchos especialistas, el viento de cola más auspicioso de la historia para lograr un verdadero desarrollo que, en efecto, no ocurrió.

Está claro que, atento a una situación dramática como la pobreza, cerca del 70% del gasto está destinado al área social, motivo por el cual resulta imposible achicar por ése lado. Según economistas de distintas vertientes se requiere, entonces, impulsar fuertes políticas para multiplicar las inversiones productivas y las exportaciones.

Es cierto que también debe haber un cambio cultural de todo el conjunto de la sociedad acerca de no gastar más de lo que se tiene. Y la discusión sobre las tarifas es un buen ejemplo de eso, no sólo por el costo de la energía sino también por el despilfarro en el uso que muchas veces se le da.

La situación acumulada es acuciante, y para empezar un cambio de fondo lo primero que se necesita es que la sociedad vea el ejemplo de la política, algo que a pesar de los esfuerzos del oficialismo actual todavía parece lejano en el horizonte.