El Gobierno ha construido un contrarrelato del relato. Cambió la “K” por la “M”. En esencia, son parte de lo mismo, con distintas formas y estilos. En los inicios de su gobierno, ha logrado penetrar comunicacionalmente en buena parte de la sociedad que mostraba hartazgo hacia una forma de hacer política que duró más de 13 años de manera ininterrumpida, algo que el PRO capitalizó con creces y logró hacerlo extensivo al peronismo en su conjunto, culpándolo de todos los males de los últimos 30 años en la Argentina.

Así como el kirchnerismo utilizó el 2001 hasta el último de sus días para mostrar una comparativa que les permitiese quedar en una mejor posición, o al menos para entender las dificultades que se les fuesen presentando en el ejercicio del poder, a Cambiemos indudablemente le sirvió la “pesada herencia” para tener margen de acción en el comienzo . Sin embargo, a casi 3 años del inicio de su mandato, al Gobierno se le está achicando el margen con su propio electorado en términos de credibilidad.

Por varias razones. El cambio que venía a mejorar para siempre la calidad de vida de los argentinos parece no llegar. Por el contrario, muchos –incluso entre quienes votaron a Cambiemos- coinciden en que vivían mejor durante la gestión anterior. Además, las promesas de un futuro mejor se alejan cuando la realidad se impone de manera dramática como pasa con la inflación, los despidos, el aumento de tarifas y el costo de vida en general, con paritarias siempre por debajo.

Sumado a esto, el relato terminó chocando muy rápido con una realidad que inexorablemente demandaba otro rumbo, distinto al del discurso, algo que ya empezó a advertir una parte de la sociedad.

El libre mercado sonaba bien no sólo para el empresariado sino también para muchos de sus votantes que se sienten cercanos a ese modelo ideológico, pero el contexto de subas generalizadas lo obligó a consensuar acuerdos de precios y controles con cada uno de los sectores involucrados para contener las fuertes subas, algo que tanto criticó del kirchnerismo. Hasta la Gobernadora Vidal amenazó con “mostrar” a los empresarios que subiesen los precios de los productos o servicios que no estuviesen dolarizados.

Lo mismo ocurrió con el Banco Central de la República Argentina y su política monetaria, que a pesar de la autarquía que tiene en términos de sus facultades terminó interviniendo para frenar la suba del dólar a través de la suba de tasas y la venta de divisas.

Algo parecido se vislumbra con el esquema de retenciones al campo; ante la necesidad de achicar el déficit fiscal y conseguir dólares de las exportaciones el Gobierno comenzó a evaluar la posibilidad de volver a fijar un porcentaje de retención al trigo, al maíz y a la soja.

Y en relación a la seguridad, la intervención del ejército en las calles que pidió el presidente Macri después de años de cuestionar esa medida, considerando que las fuerzas federales no están para cuestiones operativas ni logísticas de la seguridad interior.

El PRO, antes de su alianza para formar Cambiemos, criticaba del kirchnerismo estas mismas cosas –sólo por citar algunos ejemplos- que hoy está haciendo desde la Casa Rosada.

Es que, cuando la realidad se impone, el relato se cae. Lo que nunca nadie se imaginó es que sería tan rápido. Y que a pesar de eso, el Gobierno sigue teniendo más chances de retener el poder que el peronismo de recuperarlo.