Juan Domingo Perón solía decir que se puede volver de todas partes menos del ridículo. Cuando se trata de la carrera de un político y del impacto que causa su imagen en el electorado, aquella frase suena por lo menos aproximada a la realidad. Lo hemos visto con distintos ex presidentes en la historia Argentina y en el mundo. En nuestro país hay algunos ejemplos claros como la figura de Arturo Illia, que quedó ridiculizada por la postura corporal que lo hacía parecer una tortuga, como le quedó en su apodo popular, algo que le hizo daño y dejó en segundo plano su honradez.

Algo parecido ocurrió con Fernando De la Rúa, por su estilo, su paso cansino y sus “bloopers” en el programa más visto de la televisión argentina, “Videomatch”, de Marcelo Tinelli, donde dos o tres errores como confundir el nombre de la mujer del conductor y no encontrar la salida del estudio le costaron una burla eterna.

A Carlos Saúl Menem, por su parte, si bien se lo recuerda como un político divertido, canchero y seductor con las mujeres, también se lo ridiculiza por aquella promesa de viajar en aeronaves espaciales que irían de la atmósfera a la estratosfera y en una hora y media podrían llegar a cualquier parte del mundo.

Hoy, seguramente motorizado por el creciente fenómeno de la globalización y las redes sociales, estamos observando algo de lo precedentemente expuesto pero potenciado y multiplicado por mil en el caso del actual primer mandatario Mauricio Macri.

Así como el bullying popular no le perdona al delantero argentino Gonzalo Higuaín los goles errados en tres finales consecutivas, y todos los días aparece un “meme” distinto adaptado a la coyuntura, con el jefe de Estado está pasando lo mismo.

Si bien el gobierno le resta importancia a la viralización de estos chistes, advierte que hay algo en la forma “pastoral” de comunicar impulsada por el gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba que hay que retocar.

Por ahora, sólo se ha visto al presidente y a sus funcionarios ratificar el mismo discurso, con las mismas formas y las mismas palabras. ¿Será demasiado tarde para recuperar el vigor y la credibilidad del inicio de su gestión? ¿Podrá volver a constituirse –para la gente- en el mandatario que vino con un proyecto serio a transformar la Argentina para siempre y a traer lo mejor del mundo a nuestro país?

El intríngulis al que se enfrenta el Gobierno no sólo tiene que ver con sacar a Macri de ése lugar del ridículo, sino también con evitar que ése sea uno de los motivos del temprano ocaso de un proyecto que planteaba la reelección segura del ex presidente de Boca al frente de la primera magistratura.

Sin embargo, el problema de “formas” no es el de “fondo”. Para resolver lo primero, debe antes mejorar la situación política y económica. Recién allí el cambio de humor social –en un sentido o en otro- podrá traducirse en más o menos “ridículos”.