El General Juan Domingo Perón solía decir: “Al amigo, todo. Al enemigo, ni justicia”. Parece extraño que, sesenta años después, los principales detractores del Movimiento y sus múltiples desprendimientos sean hoy aquellos que estén llevando a la práctica esa lógica de pensamiento. Es que el Gobierno actual, lejos de unir a los argentinos como prometió el presidente Mauricio Macri en plena campaña, no sólo alimenta la grieta por razones electorales sino que además la profundiza con un agregado peligroso y nunca antes visto en tiempos de democracia en la Argentina; la persecución judicial al adversario político.

Esa persecución puede tener dos objetivos o lecturas distintas: Por un lado, distraer la atención de la sociedad con temas del pasado y amedrentar a los opositores, y por el otro, más concretamente y sin sutilezas, eliminarlos del terreno que se disputan. En este marco, por necesidades electorales, parece más aproximada a la realidad la primera hipótesis. Así es como hemos observado a lo largo de estos primeros años de mandato de Cambiemos la aparición recurrente de noticias judiciales vinculadas a ex funcionarios en los peores momentos del Gobierno. Casi como una providencia divina que corre la luz del escenario hacia otro lugar en el momento justo y en el lugar preciso.

Ahora se vio cristalizado a través de las novedades en la causa Ciccone que tiene procesado al ex vicepresidente Amado Boudou, y en la reciente resolución de la Justicia acerca de la muerte del Fiscal Alberto Nisman, que aseguró que fue asesinado como consecuencia directa de su denuncia contra la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, todo esto en medio de la tensión política, económica y social que vive la Argentina luego del anuncio del presidente del retorno del país al Fondo Monetario Internacional y sus coletazos internos.

En medio de la caída continua que viene teniendo la imagen de Macri en las encuestas a partir de situaciones que muchos consideran autogestivas o de “errores no forzados”, la “pesada herencia” empieza a perder terreno como argumento sostenible en el tiempo. Sin embargo, cambiar el foco de la agenda con avances judiciales relacionados a la corrupción del pasado siempre sirve para tomar aire.

De todo esto se desprenden dos cuestiones muy preocupantes; por un lado, si bien es cierto que la intervención del poder político sobre el poder judicial siempre existió, la persecución de un Gobierno que toma el poder hacia los funcionarios que lo precedieron no era habitual; y por otro lado, el revanchismo que ya genera en todo el arco político opositor, que espera ansioso que la actual administración deje el poder para cobrarse venganza por la misma vía.

En cualquier caso, lo que está claro es que la grieta está lejos de cerrarse. Por el contrario, la utilizan de un lado y del otro como instinto de conservación y de identidad, sin dimensionar los peligros que supone en la escalada de violencia doméstica, social y política, que a la postre pueden derivar en un "desborde callejero".