No hay gobierno en la historia que no sufra en algún momento de su mandato el virus del poder omnímodo. Muy habitualmente se da no en el comienzo de la gestión, donde todos proponen una suerte de “Pacto de la Moncloa” con todo el arco opositor, sino cuando el respaldo popular se ve ratificado nuevamente en las urnas, cosa que suele ocurrir en la primera elección de medio término.

Allí es donde aparece con mayor nitidez la soberbia de los dirigentes políticos en general, que tienen una egolatría y un nivel de autosuficiencia inimaginable. Y también es allí donde comienzan a aparecer los más graves errores, incluso muchos no forzados por situaciones exógenas sino más bien forjados de manera autogestiva.

Es tan injusto atribuir esto sólo al gobierno actual, como al kirchnerismo la creación de la corrupción en nuestro país. Se trata, en todo caso, de corregir a tiempo el rumbo de las decisiones no como salida rápida del contexto acuciante en una coyuntura determinada, sino como resultado de un entendimiento cabal de cómo funciona la cosa pública y qué necesita la sociedad.

Estamos en un contexto en el que el Gobierno se vio obligado a ampliar su mesa política a partir de una crisis económica que luego se tradujo en una fuerte caída de su imagen y su credibilidad. La pregunta es la siguiente: ¿Fue una foto para descomprimir el frente interno y dar un mensaje de unidad hacia afuera? ¿O el presidente Macri realmente entendió que sin política no se puede y decidió incorporar a los aliados como socios permanentes?

Entendiendo que la política debe conducir a la economía y los destinos de una Nación, ojala que la respuesta esté en la segunda pregunta. De lo contrario, puede –aunque achica sustancialmente sus posibilidades- que el Gobierno vuelva a ganar una elección por las impericias del armado electoral y la división que haya enfrente, pero de ninguna manera logrará sostener en el tiempo la construcción de poder a la que apunta, más allá de un eventual segundo mandato.