Cuando hablamos de una vida resulta incomprensible llevar la discusión a un plano político-ideológico. Si bien es cierto que el debate fue impulsado por el Poder Ejecutivo y lo está tratando el Congreso de la Nación, a la hora de esgrimir los argumentos tanto sean a favor o en contra del proyecto de despenalización del aborto las razones no deben ser ni políticas ni ideológicas.

En rigor, la base del reclamo general de aquellos impulsores de la despenalización y legalización del aborto pasa por un grupo con ideología de izquierda o progresista que concibe este tema en el marco de los derechos de las mujeres, y ése seguramente sea el primer error. Está muy bien avanzar sobre los derechos de las mujeres, pero el aborto no es precisamente un camino.

Principalmente porque cuando hay otra vida en gestación dentro de su vientre, no debiera tenerse la facultad de dejar nacer o interrumpir el embarazo por el sólo hecho que esté dentro de su cuerpo. Por eso la discusión empezó torcida.

Y por muchos otros argumentos falsos que buscaron -a través de la utilización de los pobres como punta de lanza- darle volumen a un reclamo que en realidad proviene de un sector de la clase media.

Tal como lo expresaron los curas villeros en un reciente documento sobre el tema, en su inmensa mayoría las mujeres pobres quieren tener a sus hijos, y no está entre sus reclamos abortar.  

También se han puesto sobre la mesa números exorbitantes de presuntos abortos por año, algo que no se pudo sostener empíricamente con estadísticas ni científicas ni médicas, sino con estimaciones poco serias que, en línea con lo precedentemente expuesto, procuraron llevar la discusión al plano de la salud pública, inventando cifras y distorsionando ejemplos de países donde el aborto está legalizado para exhibir una supuesta baja de la mortalidad materna, algo que no se ha demostrado.

Finalmente, todo se reduce a la cuestión política-ideológica. Si sos de izquierda, estás a favor del aborto. Si sos de derecha, estás en contra. Así, nos enfrascamos en ésos rótulos sin capacidad de reflexión. De esta manera, parece difícil llevar el debate a buen puerto. Sobre todo, si se cree que esta problemática se soluciona con la sanción de una Ley.

En definitiva, la mejor manera de cuidar la vida de las mujeres es evitar el aborto. Pero también es cierto que para eso se requiere de un acompañamiento integral por parte del Estado que hoy prácticamente no existe, a excepción de casos aislados. Y fundamentalmente cuidar la vida en todas sus etapas, garantizando los derechos de las personas no sólo antes de nacer, sino también a lo largo de la vida y en especial durante la primera infancia, algo que tampoco ocurre si tenemos en cuenta los millones de niños que viven en la Argentina con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). 

Por eso, la discusión es mucho más amplia y profunda. En ese sentido, el deber de los legisladores es cruzar toda la información confiable sobre el tema y analizar variables concretas en relación a la ciencia, la medicina y a nuestra propia constitución, que está por encima de cualquier proyecto de Ley, y que en su reforma de 1994, según indica el artículo 75 inciso 23, se incorporó el derecho a la vida en el pacto de San José.