El líder estadounidense Donald Trump y su par nocroreano Kim Jong-un se reunieron en Singapur, con el eje puesto en discutir el arsenal nuclear de Pyongyang, y la Guerra de Corea, intentando poner un punto final a ambas disputas.

Sin embargo, la mayoría de los involucrados, de un lado y del otro, creen que a la postre no significará mucho más que una foto, con alto impacto mediático y con pocas posibilidades de llegar a un acuerdo real a futuro.

En rigor, la desnuclearización es el principal conflicto que atraviesa la reunión. Washington y Pyongyang se comprometieron a salir de Singapur con el acuerdo firmado, pero el problema radica en las interpretaciones. La norteamericana la pretende completa, verificable e irreversible (CVID, por sus siglas en inglés), mientras que la norcoreana entiende un proceso gradual y sincronizado con incentivos.

También, sobre todo, genera dudas la hipótesis de que Kim sacrifique un arsenal nuclear que le costó cuatro décadas, que está incluido en la Constitución y que ha asegurado la supervivencia del clan mientras desfilaban los cadáveres de otros dictadores hostiles a Occidente.

La Casa Blanca apuntaló en las últimas semanas todos los temores norcoreanos con la sorprendente ruptura unilateral del acuerdo de desnuclearización con Irán y las referencias a la fórmula libia que acabaron con el asesinato de Khadafy tras entregar su arsenal. 

Seguramente Kim no renuncie a su armamento nuclear únicamente a cambio del levantamiento de sanciones, la firma de un tratado de paz o más envío de energía; Pedirá la salida de tropas norteamericanas de Corea del Sur y el fin de su protección, algo que como respuesta encontrará una negativa casi segura.

Para analizar si el encuentro sirvió de algo realmente, habrá que esperar un tiempo y ver cómo mueven sus fichas dos de las potencias más grandes del mundo. Por la paz mundial, ojala sea el comienzo del fin de varias décadas de disputa entre ambos países.