Ni bien asumido el Gobierno de Cambiemos, la euforia de los mercados y el optimismo de los inversores parecía llegar a la Argentina definitivamente. Se había acabado el “populismo” nac & pop y llegaba un gobierno con gran apertura hacia el mundo y una política exterior conciliadora que buscaba generar las condiciones de contexto necesarias para que la lluvia de inversiones y de dólares sea parte de “la revolución del cambio” que impulsaba el presidente Mauricio Macri.

Sin embargo, pasaron las giras internacionales en busca de inversiones y la lluvia de dólares nunca llegó. O mejor dicho, llegaron a cuenta gotas. Lo que sí llegaron fueron las inversiones de carácter especulativo, aquellas de capitales golondrina que vienen por un rato a vaciar el país a través de la denominada “timba” financiera.

Una encumbrada fuente del mercado bursátil lo describió así: “Vienen a hacer negocios con información privilegiada que les permite tener ganancias récord en muy poco tiempo, como ocurrió con la brutal devaluación y la disparada del dólar de los últimos tiempos. Inmediatamente después vuelven a sacar la plata del país”.

En este contexto, se fueron cambiando los pretextos y estirando los plazos para conseguir la anhelada “inversión para el desarrollo”, que en efecto nunca llegó. Se habló de semestres, de coyunturas regionales e internacionales negativas, de ratificar en las urnas en las elecciones de medio término el rumbo político y económico que había iniciado el actual Gobierno para generar confianza y credibilidad entre los inversores, para apostar en el mediano y largo plazo y dejar atrás definitivamente la Argentina del pasado que tenía como fantasma la vuelta del kirchnerismo. Pero así y todo, incluso pasando los semestres, mejorando el concierto económico internacional y ganando nuevamente una elección, eso no sucedió.

No sólo las inversiones no llegaron, sino que además se empezó a sufrir la falta de dólares, que por el desfasaje de la balanza comercial (importamos más de lo que exportamos) y por la necesidad del Banco Central de liquidar divisa para contener la suba del billete verde y evitar que se traslade a precios e inflación, empezamos a tener graves problemas para sostener el gasto corriente sin generar mayores desequilibrios en la economía.

Fue así como, en poco tiempo, casi sin darnos cuenta, pasamos de la promesa de la lluvia de inversiones al requerimiento del “paraguas financiero” al Fondo Monetario Internacional (FMI).

¿Cuánto de esta situación puede seguir atribuyendo el Gobierno a la “pesada herencia”? ¿No hay, acaso, impericias propias? O el diagnóstico previo fue inexacto y demasiado optimista –como dicen en la Casa Rosada-, o nos mintieron despiadadamente.

Lo cierto y concreto, es que para el común de la gente, alejada de todo detalle político-económico-técnico, la falta de explicaciones para entender la evolución del tema generó angustia,  incertidumbre y falta de credibilidad, acaso uno de los principales activos del Gobierno que aún conservaba entre aquellos que sin ser macristas apoyaron este cambio como una apuesta a un futuro distinto.

¿Estará a tiempo Macri de recuperar ése valor agregado frente al electorado no propio que le permitió ser presidente de cara a una nueva elección? ¿O deberá apelar a tiempo al “pragmatismo PRO” y dejar en manos de su mejor carta, María Eugenia Vidal, la sucesión anticipada para no poner en riesgo el futuro de Cambiemos?

Preguntas que seguro tendrán respuesta más cerca de las elecciones, cuando según la evolución de los hechos y de la dinámica política, económica y social se tome la decisión de medir y evaluar cuál es la mejor alternativa para competir contra una oposición que hoy sigue dividida, pero que también definirá su futuro en el sprint final.