El primer ministro británico Winston Churchill, en plena segunda guerra mundial, supo acuñar una famosa frase que quedaría para la posteridad, y que hasta el día de hoy podría aplicarse en una suerte de sinceramiento político en distintos países del mundo que atraviesan frágiles situaciones políticas, económicas y sociales: “No tengo nada que ofrecer más que sangre, sudor y lágrimas”. Esa frase tuvo lugar en el contexto de la batalla de Francia, cuando las fuerzas aliadas estaban experimentando continuas derrotas frente a la Alemania nazi.

Hoy, retomando aquella expresión que abarcaba un amplio concepto de sacrificio colectivo en pos de levantarse de una terrible crisis, y un absoluto sinceramiento de la situación, sin promesas estridentes ni soluciones mágicas, por la coyuntura Argentina y su pasado inmediato, la sociedad debió haber recibido por parte de la dirigencia política algo equivalente.

Sin embargo, a pesar de remarcar la “pesada herencia”, el actual Gobierno propuso con entusiasmo y optimismo que su electorado se ilusione con espejitos de colores, la revolución de la alegría y el cambio permanente, en un discurso cuasi evangelizador y sin sustento empírico de cómo llevarían a cabo esas transformaciones y en tan poco tiempo, cuando las problemáticas de las que hablamos llevan décadas para pensar en una solución estructural seria.

Tanto es así que ante la frustración de los magros resultados las metas las fueron corriendo de semestre en semestre, hasta llegar ahora a propuestas que van más allá de su primer mandato, con el objetivo puesto en conseguir la reelección para poder avanzar sobre los cambios impulsados.

Siempre estuvo claro que llevar la inflación a un dígito llevaría mucho tiempo si tomamos en cuenta que por años convivimos con esa problemática. También era evidente que la pobreza cero era una utopía y que ése camino, lejos de ir mejorando, iba a empeorar para los sectores más vulnerables en el contexto de suba de tarifas y costo de vida en general, con achique del gasto público, despidos y paritarias por debajo de la inflación.

Tampoco era cierto que sería el tiempo de la clase media, que sigue siendo muy castigada con una presión tributaria gigantesca que la obliga a la retracción más que a la expansión, como ocurre con las pymes. Como siempre, los grandes beneficiarios en momentos de crisis son los que más tienen. Más aún si el modelo económico del país se deja librado a los mercados y sin intervención del Estado.  

Hasta aquí, los cambios han sido cosméticos. Las promesas (casi todas) incumplidas. Y las formas se le parecen bastante a las anteriores, sólo que están direccionadas para la otra mitad de la sociedad.

¿Hubiera podido ganar Macri  si -como Churchill- hubiera dicho que sólo podía ofrecer sangre, sudor y lágrimas? ¿No alcanzaba, acaso, con poco más que el voto castigo al kirchnerismo para resultar presidente, mostrando ser lo opuesto y nada más?

Con el análisis de lo que pasó, de lo que pasa y de lo que vendrá, pareciera que Cambiemos gastó muy anticipadamente su bala de oro, y que condiciona ahora su futuro inmediato en la continuidad del poder por aquella ambiciosa plataforma que proponía dar solución a los grandes problemas de la Argentina en tiempo récord.

El caso de Trump en Estados Unidos es un claro ejemplo de que a veces, aunque no sea políticamente correcto, la sociedad prefiere saber lo que de verdad pretende hacer un Gobierno, antes que escuchar promesas que suenan bien pero que resultan incumplibles.