Es sabido que todos los gobiernos tienen operadores en la Justicia. Pero no es lo mismo que tener el control de la Justicia. Está instalado en un vasto sector de la sociedad que el actual Gobierno está persiguiendo política y judicialmente a kirchneristas opositores exhibiéndolos como trofeo de guerra en cada detención, por cierto muchas de las cuales sin condena, cuestionables desde los procedimientos y sin ajustarse a derecho.

Sin embargo, con este desfile de kirchneristas por los tribunales y por las cárceles argentinas la justicia federal parece estar enviando un mensaje velado al actual gobierno; por un lado, porque aunque no sean por orden del Gobierno, esas detenciones, por la forma, perjudican la imagen de Cambiemos en el universo del medio, específicamente para aquellos que no son ni macristas ni kirchneristas, pero que depositaron en el oficialismo actual la esperanza del respeto a las instituciones y la independencia de los tres poderes, entre otras cosas.

Y por otro lado, porque significa que esa suerte judicial podría correr en contra de muchos de los funcionarios de éste Gobierno, incluso en tiempo real, atentos a los argumentos que motivaron las detenciones de Julio De Vido, Amado Boudou, y otros, donde los fundamentos para estar presos sin condena pasaron por posibles entorpecimientos a la causa o riesgo de fuga.

De allí se desprende un razonamiento de puro sentido común, y es que si esa justificación corre para un ex funcionario mucho más aún debería tenerse en cuenta cuando se trate de una causa de un funcionario en el ejercicio del poder, que tiene más influencia para entorpecer cualquier investigación, como ocurriera con los casos Aranguren (aunque ahora está fuera del Gobierno) y Caputo, por citar algunos ejemplo.

En este contexto, el gobierno se enfrenta a un intríngulis muy delicado, transformar una “derrota” ante la justicia en una victoria; hacer creer que efectivamente el poder político no interviene ahora sobre el poder judicial, mostrando transparencia e independencia de poderes, aunque en términos fácticos pueda ser un fracaso muy costoso para la construcción del poder en el largo plazo.

Por eso, no resulta descabellado –crisis mediante- pensar que podría precipitarse la necesidad de garantizar la continuidad del proyecto en 2019 a través de quien más y mejores posibilidades electorales sigue teniendo, la Gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal.   

Sin embargo, el gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba ya le hizo saber al presidente Macri que “ya no alcanza con las causas de corrupción kirchnerista” como único elemento para ganar otra elección. Habrá que ver, entonces, si el Gobierno logra contener la crisis económica en el tramo final del año sin sobresaltos callejeros, y arrancar el año electoral con alguna buena noticia para la clase media y baja, algo que se avizora difícil en el contexto de los compromisos asumidos con el FMI y las metas a cumplir, que esencialmente son de ajuste.