En su obra póstuma “De la estupidez a la locura’’ Umberto Eco, nos da algunos consejos sobre como vivir en un mundo sin rumbo. Quizás sea este italiano que sobrevivió a la última gran guerra uno de los pensadores que mejor interpretaron los finales del siglo XX y los comienzos del XXI. Es oportuno prestar atención a su percepción sobre la sociedad líquida anteriormente descripta por Bauman. Sin dudas este textual resume su claridad conceptual: “con la crisis del concepto de comunidad surge un individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya compañero de camino de nadie, sino más bien antagonista’’.

Para potenciar la hipótesis del italiano, un joven americano algunos años antes lanzó Facebook, la plataforma digital que se convirtió en la mayor comunidad global con más de 2200 millones de usuarios activos mensuales. Su propuesta inicial fue absolutamente binaria. El público calificó durante la primera década de vida el contenido de sus pares de una manera muy simple: “me gusta o no me gusta’’.

El desafío es interpretar la influencia de esta realidad irreversible en el proceso político argentino. La polarización llegó para quedarse. Sobrados son los ejemplos de los últimos años que así lo demuestran. Estados Unidos, Inglaterra, Francia o Irlanda son algunas muestras de países desarrollados atravesados por este fenómeno. Brasil, Colombia, Venezuela o Argentina evidencias de nuestra región.

Muchas veces se habla de la polarización con liviandad. Como si fuera una estrategia o táctica impulsada. Como si dependiera de una u otra facción política. La polarización es un hecho, es propia de la naturaleza de nuestra época. Es lícito discutir sobre sus virtudes o sus vicios. Sobre su contribución o no en la construcción de sociedades más justas, prosperas o equitativas. Pero estéril es negarla y ridículo creer que existe quien cuenta con la capacidad de eliminarla.

En países presidencialistas como el nuestro, las elecciones ejecutivas se trasformaron en una discriminación de candidatos y partidos. Nuestra breve historia democrática así lo corrobora. La ciudadania primero discriminó a militares y peronistas delegando el poder en la “democracia absoluta’’ con la que ilusionaba Raúl Alfonsín. En el segundo turno electoral el discriminado fue el radicalismo y el premio para la “revolución productiva’’ de Carlos Menem. Diez años más tarde la desgracia del riojano beneficiaba a la “promesa institucional’’ de Fernando De la Rúa. La historia del 2015 la conocemos: castigo para el kirchnerismo y premio para “la revolución de la alegría’’ de Mauricio Macri.

Los argentinos, tan postmodernos como polarizados no estamos buscando en nuestra dirigencia la llave que abra el futuro, sino más bien la daga que mate nuestro pasado. Algunas legislativas como las del 2005, 2009 y 2013 son muestra también de nuestra permanente y previsible conducta.

El futuro inmediato nos traslada al 2019. Los principales vectores de la actualidad son Cambiemos y Unidad Ciudadana. El Peronismo no kirchnerista (Federal y Renovador) oficia de tercero en discordia con dos posibilidades ciertas: conformarse con el podio fantaseando con estar construyendo futuro o aplicar una dosis de realismo y ser actores claves en el acceso al poder de alguna de las facciones mayoritarias.

El oficialismo vive hace algunos meses el “síndrome diciembre’’, pareciera que los fórceps utilizados a fines del 2017 para aprobar la Reforma Previsional trajeron más inconvenientes que soluciones. La credibilidad con la sociedad está dañada, el rumbo económico es incierto y las buenas noticias nunca llegaron. Por si esto fuera poco el FMI volvió al país para auditar al mejor equipo de los últimos cincuenta años. Quizás nunca haya habido tanta distancia entre la expectativa generada por una promesa electoral y la cruda realidad del ejercicio del poder.

Del otro lado el kirchnerismo funciona como antónimo. En la práctica legislativa y en la discusión pública oponerse a todo es la regla. Son miembros permanentes del “cuanto peor, mejor’’. Tras la derrota del año pasado, la comunicación dejó de ser épica para tender al sigilo. Así y todo Cristina Fernández es la única dirigente nacional que aumentó su imagen positiva en lo que va del año.

Son distintas caras de una misma moneda que se retroalimentan, ambas viven de la miseria ajena. Aún así, las dos tienen más inconvenientes que oportunidades. Es inverosímil pensar que un presidente con dificultades de estar entre la gente logre la reelección. Así como también resultaría curioso que una ex presidenta, a través del silencio persuada a quienes la rechazan.

La actitud del peronismo racional sorprende. Son opositores pero articulan más con el gobierno que con el resto de la oposición. Son peronistas pero su límite es Cristina y no Macri. A quien los condujo hasta el ultimo el 10 de diciembre del 2015 la consideran enemiga estratégica. Al que pretenden vencer aliado táctico. Podrían oficiar de suplentes si entendieran que los titulares ya están elegidos. Sino el destino los hará ocupar el nunca bien ponderado lugar de árbitros.

Las coyuntura electoral del 2019 aun no esta definida. A los dos principales actores puede no alcanzarle su potencia actual. Unos buscan retener el poder, los otros recuperarlo. Los primeros cuentan con la alternativa de Maria Eugenia Vidal, la dirigente más valorada del país. Para que esa posibilidad prospere no debería tener olor a “Plan B’’ a la imposibilidad del presidente de asegurar la reelección. Ampliar la oposición hacia el peronismo sumando actores de peso en algunas provincias, abrir la fórmula presidencial o elegir algún justicialista en la provincia de Buenos Aires son las alternativas con las que cuenta el oficialismo. El kirchnerismo en cambio puede intentar renovar las bancas que pone en juego mediante acuerdos, ensayar un escenario de PASO con con el Peronismo Federal y hasta ofrecer del caudal electoral de Cristina en la Provincia de Buenos Aires.

Uno de los principales operadores políticos del país sostiene en privado: “dicen que Cristina tiene techo, el problema es que el resto no tiene piso’’. Otro de los valorados afirma por lo bajo: “la coalición de gobierno es insuficiente para retener el poder’’. El primero siguió el manual de Maquiavelo al ser más temido que amado. El segundo, practica la concordia en sentido clásico. Tienen el mismo origen pero son distintos. Uno del conurbano y el otro del interior. No están en la misma vereda, ni tienen los mismos intereses, pero están viendo lo mismo: la polarización es tan férrea como insuficiente.