El eterno contraste con el impróvido kirchnerismo sigue siendo la gallina de los huevos de oro para la comunicación de Cambiemos.

Existe un arco más dialoguista del Gobierno, representado por la gobernadora de la provincia de Buenos Aires María Eugenia Vidal y el ministro de Interior Rogelio Frigerio, quienes consideran que un acercamiento con los sectores peronistas y gobernadores menos confrontativos aportaría mucho a la gobernabilidad. Del otro lado, el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y la diputada Elisa Carrió representan a aquellos que dentro del oficialismo no están dispuestos a ceder milímetro alguno al peronismo.

Más allá de la estrategia por la que aboguen, en el plano comunicacional siembre habrá material para denostar al kirchnerismo siempre hay. Y para el Gobierno sigue siendo más fácil darle forma al demonio K que dar buenas noticias desde la gestión.

Recientemente, la probidad del Gobierno se vio cuestionada por la trama de los aportantes truchos en las campañas de 2015 y 2017. Vidal acusó el golpe, si bien el tema quedó minimizado por la causa de coimas en la obra pública entre 2003 y 2015 llevada adelante por el juez federal Claudio Bonadio.

Vidal se mantiene, aun así, como la dirigente política con mejor imagen en el país. Institucionalmente, las denuncias por aportes truchos de campaña le costaron a la gobernadora tener que pedirle la renuncia a María Fernanda Inza, funcionaria de su propio círculo que debió abandonar la Contaduría General de la Provincia a menos de una semana de haber asumido el cargo.

En diálogo con Radio Mitre, Vidal aprovechó el momento de la agenda política para apuntarle a la expresidente Cristina Kirchner directamente. Marcando una clara línea entre “la corrupción” y “el cambio”, declaró: "Yo no soy Cristina. No soy una abogada exitosa, nunca tuve una denuncia por corrupción, puedo mostrar el resumen de mi tarjeta de crédito, a dónde me voy de vacaciones. No tengo nada que esconder".

La referencia a CFK como “abogada exitosa” refiere a una frase que la misma expresidenta deslizó cuando se la cuestionó sobre su millonario patrimonio, en una visita a la Universidad de Harvard.

Para ese entonces, la relación ríspida de Cristina con los medios de comunicación ya había madurado. Fueron momentos en los que no sólo se cuestionó si CFK había sido exitosa como abogada, sino que se esgrimieron argumentos acerca de que había amasado una pequeña fortuna junto a su marido Néstor Kirchner aprovechando la crisis económica hiperinflacionaria en los 80’, siendo partícipe de la ejecución de propiedades en cercano vínculo con la justicia.  Se afirmó incluso que la expresidenta nunca se había recibido de abogada.

Pasaron los años y, ya en el Senado como representante por la provincia de Buenos Aires, Cristina Fernández conserva vigencia, al menos, como agente de confrontación. De hecho, hay voces sensatas del Gobierno que se preocupan porque la causa por coimas en la obra pública no avance hasta el punto de dejar a CFK fuera de la competencia electoral.

El oficialismo estaría así en problemas sin la posibilidad de polarizar el escenario con la expresidenta, a quien las mediciones confirman con una intención de voto poco flexible que no lograría sumar muchos más votos de los que tiene, aun cuando la coyuntura le sea desfavorable al Gobierno.

Cambiemos necesita, asimismo, capitalizar a una Cristina divisora de las aguas peronistas, y que en sí misma es un atentado a la convergencia de todos los sectores detrás de un candidato único.