En la antesala de la discusión en el Senado por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, el presidente Mauricio Macri se inclinó por destacar la importancia del debate, que calificó de “trascendental”.

Fiel a su posición de no tomar partido con respecto a la sanción o rechazo del proyecto, señaló que “no importa cuál sea el resultado, hoy ganará la democracia”.

Al inicio del debate, se contaban 38 votos en contra del proyecto aprobado por Diputados y 31 a favor, por lo que se presume que cuando se vote, en la madrugada, prospere el rechazo al proyecto.

Desde un principio, Macri enfatizó la importancia del debate como un fin en sí mismo, como una cuestión cultural representativa de una mayor tolerancia. También en este caso, su mensaje apuntó al contraste con la gestión anterior, cuando en el Congreso el debate estaba ausente.

Tal vez por eso se desconoce que haya habido una bajada de línea específica respecto de la postura que debían tomar los legisladores referentes del oficialismo. Prueba de ello es que hay cambiemitas que se han manifestado tanto a favor como en contra en Diputados, lo cual volverá a suceder hoy con los senadores.

Macri se arriesgó a habilitar la discusión sobre la legalización del aborto en el Congreso apremiado, probablemente, por quitarle trascendencia relativa a la agenda económica en meses plagados de malas noticias.

El riesgo se palpa en su núcleo de votantes de derecha, que cual recibió con manifiesta antipatía la decisión del Presidente. Y ese riesgo se acrecienta porque su imagen no mejoró en los sectores que promueven la legalización del aborto, principalmente en el electorado joven, donde su aceptación permanece baja.

El resultado de la apuesta está por verse. Por las dudas, y como parte de un "operativo rescate", los principales referentes de Cambiemos – entre ellos la gobernadora María Eugenia Vidal, el jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta, la vicepresidenta Gabriela Michetti y la diputada Elisa Carrió– se opusieron a la sanción de la Ley.

Con un Macri comprometido con la imparcialidad, el Gobierno buscó detener la sangría en el electorado de derecha recurriendo a las voces más potentes a disposición.

Así, el discurso giró en torno al triunfo de la democracia y el “cambio” cultural.