Brasil, 1970. Edson Arantes do Nascimento colgaba para siempre la camiseta n° 10. Con el retiro glorioso de Pelé, Brasil se asomaba a un abismo futbolístico de 24 años.

Para terminar con esa sequía, los dirigentes apostaron a la dirección técnica de Carlos Alberto Parreira. El golpe de timón llevó a la verdeamerela a navegar las desconocidas aguas del catenaccio italiano y a alejarse de las soleadas playas del jogo bonito.  El proceso, corto y exitoso, culminó con la coronación de 1994, en Estados Unidos.

Brasil toleró el shock de desnaturalizarse. Por 4 años censuró su más pura filosofía. Pero, aún exitosos, decidieron volver a las fuentes: Mario ‘‘el Lobo” Zagallo,  campeón como jugador en el 58 y en el 62, y como técnico en el mítico equipo de 1970, fue el elegido para el nuevo ciclo. 

Roberto Lavagna es a la política argentina reciente lo que Zagallo fue al fútbol brasileño: un exitoso actor de reparto en cada equipo que integró. Esta ponderación, en los meses pre electorales, tendrá una significación determinante en boca de uno de los “críticos” predominantes: el Grupo Clarín.

Su ascenso, o descarte precipitado, dependerá de las fichas que juegue el peronismo, Cambiemos y Cristina Fernández de Kirchner, némesis absoluta del Grupo y explicación implícita de por qué prácticamente no hubo disensos entre la Administración Macri y Clarín.

Mientras Cristina exista

“No hay prueba más explícita de que Mauricio no va a meter presa a Cristina que la misma realidad: Cristina no está presa“, afirma uno de los propios que, tras el ajuste del mejor equipo de los últimos 50 años, dejó de ser ministro.

Para Clarín, mientras Cristina exista, el riesgo también. Durante el gobierno de Macri, el Grupo cumplió creces sus expectativas. Se hizo de Telecom y gozó cierto esquema de pauta amigable (totalmente clausurada durante el kirchnerismo).

En la Rosada se excusan: “Mauricio es un par, no un empleado del Grupo, y eso lo saben. Si ellos quieren un gerente, y no un socio, no es tema nuestro“. Empatía y amenaza se combinan en perfectas proporciones en Jefatura de Gabinete.

Luego, la gente. La ciudadanía subestimada por políticos noveles tiene un sentido común colectivo que también toleró durante un tiempo una línea editorial que invitaba a “tomar la sopa porque si no viene el cuco”.

Esos votantes que nacieron en 2015 ya crecieron, y comienzan a dudar. Para los decisores, los grupos económicos y los editores como Clarín, es tiempo de explorar nuevas líneas narrativas y alternativas.

El factor Lavagna

La consultora Isonomía sostiene que algo menos de dos tercios del mercado electoral está afuera de la administración macrista. Un tercio sigue en manos de Cristina y el otro tercio está dividido entre desencantados, despolitizados e ideologizados de izquierda. Los encuestadores kirchneristas no argumentan nada muy distinto.

La esperanza de los nómades de la avenida del medio es agregar a su veintena de votos un 5% de heridos por la crisis económica. Es entonces donde Lavagna parece ser la esperanza.

La crítica centrará su detracción en el contexto en el que le tocó ser ministro. Sus promotores, en cambio, ampliarán el marco de referencia a los últimos 70 años (medida cuántica del caos económico argentino que el Presidente estableció como base de análisis) para destacar su gestión.

Como en la última elección presidencial, el radicalismo tendrá un papel protagónico. Por primera vez en 4 años podrá canalizar disidencias. La opción Lavagna es una realidad cierta y cómoda.

‘‘Nos sirve para negociar con más vigor adentro y también para ver qué tan viable es lo que podemos armar afuera‘‘, sugiere uno de los radicales emblemáticos con importante cargo en el partido. Lavagna, ex ministro de Duhalde y de Kirchner, fue funcionario de Raúl Alfonsín y candidato a presidente de la UCR en 2007.

“Los radicales con votos están con nosotros“, menosprecia el purismo peñista. En contraposición, los más díscolos afirman que “sin la mitad de los votos en ambas cámaras y sin los intendentes radicales, Cambiemos está muerto“.

La convención radical es un hecho. Podrán demorarla, pero parece inverosímil que no se realice. Aquellos que apostaron (y perdieron) a un acuerdo amplio en 2015 creen que tendrán su revancha en 2019. Los que en Gualeguaychú se fueron ganadores, hoy están escondidos.

Insistir en Cambiemos –bajo nuevo formato de coalición– o armar aquella que hubieran deseado tener –pero  con Lavagna– es la incógnita radical. “La traición es una posibilidad y nosotros les dimos argumentos suficientes“ repite, contrito, en Olivos, uno de los amigos de la infancia del presidente.

¿Un “Lobo para Clarín?

En tanto, el Círculo Rojo necesita restablecer el status quo. La administración macrista deriva a lo impredecible. La falta de resultados, la inexactitud de los pronósticos y los modos de Marcos Peña saturaron el estómago del poder. Y Clarín se configura como el antiespasmódico ideal.

“El gran acuerdo nacional del que se está hablando es el negocio perfecto para Clarín, Techint, el peronismo y el radicalismo. Todos mejoran su situación actual y dan por terminado el tema de los cuadernos‘‘, sentencia un importante analista político.

Como Zagallo, Lavagna se ganó su respeto y su trayectoria tiene logros relevantes sólo en puestos en duda por el parcial fanatismo oficialista. Y como Zagallo no era el talento –genialidad reductible a los pies de Pelé– Lavagna tampoco lo es. Acompañó al liderazgo, y se lució como actor de reparto con Duhalde y Kirchner.

Pero Pelé no trascendió fuera del campo de juego, y Zagallo sí lo hizo, cualidad extensible a Lavagna también trascendió (basta pensar qué sería de Duhalde hoy como candidato). Seriedad, coherencia, honorabilidad y previsibilidad hermanan Zagallo y Lavagna. Lo mismo que las canas: al “Lobo” Zagallo lo fueron a buscar cuando tenía 70 años, y salió subcampeón del mundo.

Clarín, como autodeterminado auriga del círculo rojo, toleró también la paridad societaria que impuso el círculo M (que decodifica en Lavagna el “gerente” que más comodidad le traería al Grupo editorial) porque sepultó al declarado enemigo K.

Clarín comenzará a ponderar virtudes que le son funcionales. Lavagna será vestido de previsibilidad componedora, que recompondrá el statu quo que le gusta a Clarín, así como Zagallo, que le devolvió el esencial jogo bonito a Brasil.